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"El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen." Santa Teresa de Ávila
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jueves, 6 de junio de 2013

¡DOCTOR NO, SEÑOR!

 
Un aplauso muy sonoro y prolongado merecen los psicólogos colombianos. Porque han determinado que a ninguno de ellos se lo llame «doctor», sino, sencillamente, lo que son: Psicólogos. ¡Qué buena decisión! El ejemplo amerita que sea seguido al pie de la letra por otras tantas agremiaciones de profesionales que existen en el país; y también, individualmente, por todos los demás colombianos. Es una determinación que decanta lo banal y se circunscribe a la sencillez; así debería proceder el ser humano en todo. No son los títulos, que parecieran concitar «engrandecimiento» y vanagloria, los que hacen importante o valiosa a una persona; al revés, son sus muestras de sencillez profunda. 

Este ejemplo de los psicólogos cae muy bien en nuestro país, donde se le rinde pleitesía a la «doctoritis» de forma tan ilimitada que «a cualquiera le dicen doctor». Aquí, a todo aquel que se atreva a pisar los predios de una universidad lo llaman «doctor»; aunque, a veces, sus conocimientos y su conducta dejen mucho que desear. Esa arrogancia que muchos transpiran, hasta el colmo de auto llamarse doctores cuando hablan delante de otras personas, no produce los efectos que ellos creen; al contrario, generan un concepto de personas prevalidas de engreimiento y petulancia, con auto animación por el egocentrismo. ¡Abundan quienes se vuelven empalagosos y antipáticos! 

Recuerdo el día en que una contadora pública, a la que yo visitaba, con aire insuflado de vanidad excesiva contestó al teléfono de su oficina en ausencia de la secretaria. «Buenas tardes, habla la doctora fulana», dijo, sin grisma de rubicundez. Mientras le proporcionó una información a quien llamaba, la consideré prepotente al extremo; y me dediqué a pensar en eso que los psicólogos han decidido: eliminar la palabrita doctor del lenguaje de todos los profesionales universitarios, para que aterricen; para que caigan en la cuenta que es la humildad la que genera aplausos, al lado de demostraciones preclaras de sus capacidades para ejecutar aquellas tareas de las que tanto se ufanan muchos y que, a veces, dejan sospechas de cómo sería que alcanzaron la cartulina de la universidad por la que se dicen «doctores». Porque abundan esos especímenes: proclaman la «doctoritis aguda» por doquier, pero sus talentos y capacidades clasifican para la sección «en espera».

A la plausible iniciativa de los psicólogos colombianos deberían unirse los congresistas, diputados y concejales. Ellos, que tanto desprestigio han cultivado a su alrededor por las oscuras maniobras que todos conocemos, deberían llamarse, sencillamente, señores; y demostrar que lo son, o por lo menos que dejen un indicio de que están trabajando para serlo. Porque el título de «honorables» que ellos se autorregalan para aumentar el aire de agrandamiento (« ¿Usted no sabe quién soy yo?») Con que se pavonean de un lado a otro, no tiene ni razón de ser ni un tris de verosimilitud. ¡La honorabilidad está lejos de su entorno!

El más dignificante título que un hombre puede exhibir y llevar con decoro a diario es el de señor. Cuesta mucho conseguirlo. No se trata de confirmar por fuera que se es de sexo masculino, como se cree. Eso es vano. Señor es el resultado de todo un proceso de formación humana; un conjunto de virtudes y actitudes tales que no dejen traslucir comportamientos zafios y detestables. Y, claro, para que las damas no se sientan discriminadas o excluidas también a ellas les cabe el título de señoras. ¡Aunque no todas sepan llevarlo con gallardía! 

En México y Venezuela a los profesionales universitarios se los llama licenciados. Y punto. Nada de engreimientos. Y eso no les resta importancia a sus profesiones, ¡ni nadie cae en desgracia porque no le digan doctor! Qué bueno fuese que a los psicólogos colombianos, que eliminaron el vocablo doctor de su entorno, los emularan también abogados, contadores públicos, sociólogos, trabajadores sociales, economistas, administradores de empresas, arquitectos, ingenieros y demás. Podría ser un principio para retomar el camino que conduce a ser humanos, ¡simplemente humanos!

En la época en que el abogado Roberto Cadena Arenas fue alcalde de Bucaramanga, él hacía que yo sintiera más aprecio por mi actividad profesional, pues tenía la sana costumbre de saludar mentando, precisamente, la profesión del saludado: « ¡Hola, periodista!», decía con gran entusiasmo y sin una pisca de ironía. Era un sincero saludo para la humilde condición laboral del ser. Dejemos el vocablo doctor solamente para así llamar a quien ha recibido el “último y preeminente grado académico que confiere una universidad u otro establecimiento autorizado para ello”, como lo define el diccionario. Porque, recordemos, esa palabra se les endilga muchas veces a ciertas personas ¡para insultarlas!

JAIRO CALA OTERO
Periodista autónomo
Talleres de escritura - Corrección de textos
315 401 0290 - (7) 696 2304

Bucaramanga - Colombia

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