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"El Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen." Santa Teresa de Ávila
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lunes, 9 de junio de 2014

Peleas por la herencia

   Es triste cuando llegan ante el juez hermanos o familiares que están peleados por la herencia. Murió el abuelo o el padre, dejó algo o mucho a sus hijos, nietos y familiares. La muerte del ser querido, que podría convertirse en un momento de unidad de quienes participan de la misma sangre, marca el inicio de un calvario de enfrentamientos, acusaciones, rabias, por un puñado de dinero, por un edificio o unas tierras, por cosas materiales que duran lo poco que puede durar una vida.

        No es fácil evitar estos problemas. Si la herencia toca a varias personas, basta con que una de ellas tome una actitud ambiciosa o de desprecio hacia los demás para que empiece la tormenta. El dicho “si uno no quiere, dos no riñen”, vale siempre, pero resulta más difícil de aplicar cuando se trata de muchas personas, cuando es herida la justicia y el cariño en la vida de una familia.

        Los argumentos en este tipo de conflictos son muy válidos. “El abuelo quería esto, no lo que tú dices”. “El testamento no está claro, pero en justicia habría que incluir a este hermano que vive lejos”. “Yo fui el único que cuidé de mamá mientras estaba enferma y vosotros no hicisteis nada, ni siquiera mandasteis un poco de dinero”. “¿Cómo te atreves, después de más de 30 años de vivir alejado completamente de papá, a pedir ahora tu parte en la herencia?” La lista podría multiplicarse, pues las situaciones son muy variadas.

        Cuando el conflicto explota, la rabia, tal vez el odio, penetra en los corazones. Unos hermanos que parecían unidos ahora se acusan mutuamente. Los primos, que no solían litigar, ahora no pueden ni hablarse. Un hijo incluso llega a pensar que su padre es muy avaro porque no quiere dejar nada de dinero a los otros familiares.

        Hay casos en los que, de verdad, uno tiene todo el derecho del mundo para reclamar su parte en la herencia. Por respeto al difunto, por el bien de su familia, en no pocas ocasiones muy necesitada de una buena ayuda económica. En esos casos, y ante algún pariente realmente injusto, a veces no queda más remedio que llegar a recurrir a un tribunal para pedir aquella solución que respete la verdad, que promueva la justicia. En estos casos, sin embargo, aunque parezca difícil, uno puede hacer el esfuerzo por superar rencores, por distinguir entre el momento de los jueces y el de la vida familiar y el respeto a las personas. También a quien no lo merecería: sigue siendo de la misma familia, comparte la misma sangre.

        El dinero tiene su importancia. A veces es determinante para superar una crisis familiar, para pagar una deuda, para cubrir los gastos de la carrera de un hijo, para que la hija pueda, por fin, tener una casa propia. Pero sería triste que por culpa del dinero se perdiesen otros valores, como la unidad de los hermanos, hijos y nietos, la serenidad del corazón, el desprendimiento de lo material, el amor que nos hace pensar antes en los demás que en uno mismo.
        Como dijimos, no pocas veces hay que recurrir al juez. Desde el tribunal, es triste ver cómo dos o más hermanos se denuncian y llegan a enfrentarse duramente por cuestiones económicas; ver cómo luchan entre sí, cómo son manejados a veces por abogados poco honestos, cómo llegan a mirarse con odio feroz, con rabia “fratricida”.

        Un joven abogado que tenía que afrontar este tipo de situaciones tomó una decisión radical: nunca pelearse con sus propios hermanos por problemas de dinero. Ceder no es fácil cuando uno ve que, en justicia, no consigue la parte de la herencia que le correspondería. Pero pueden darse ocasiones en que, a pesar de tener toda la razón, uno ceda por un bien mayor: la armonía y la unidad de la familia.


        Quizá este pueda ser el mejor homenaje que podamos ofrecer al familiar difunto. Fue él quien, por designio de Dios, nos acogió en la vida, buscó unirnos como familia, trabajó por nuestro mantenimiento. Ahora nos deja una herencia para afrontar el futuro con algo más de holgura. Aunque, quizá, no me toque la parte que merezco, o renuncie a ella por lograr algo mucho más grande. También es hermoso ese futuro ganado a través de un sacrificio difícil, pero ofrecido por amor a la familia, por conservar limpio el corazón para amar, a fondo, sin rencores, a los míos.

Fernando Pascual, L.C.

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